¿Sabías que las abejas pueden reconocer rostros humanos? ¿O que las hormigas Drácula le chupan la sangre a su progenie? ¿O que las ratas pueden aprender la diferencia entre holandés y japonés? Seguramente no, pero los científicos ha estado revelando estos extraños hechos desde hace años y ahora han sido recopilados en este libro.
Solemos pensar -escribe el autor- que los movimientos fundamentalistas contra la evolución son una tara exclusiva de Estados Unidos, una peculiaridad suya que no debe preocuparnos a quienes vivimos en países sensatos son religiones flexibles y relativamente modernizadas. Pensamos que el creacionismo militante (ahora llamado "diseño inteligente") ni siquiera es un fenómeno general, pues sólo se restringe a los seguidores de ciertas sectas protestantes en las regiones más profundas y catetas de Yanquilandia. Es una bobada más entre muchas otras que inventan en ese país de chiflados, ¿no? Además, allí cuentan con buenos intelectuales y excelentes científicos, y todos ellos forman una piña en contra de este asunto. Estamos bastante tranquilos al respecto pero, ¿no es cierto que, tarde o temprano, muchas de las estupideces cultivadas en los fértiles EEUU acaban arraigando con fuerza en el resto del mundo?
La autora explora en este libro el mundo en que vivimos donde encontramos animales en todas partes desde juguetes de peluche hasta servidos en un plato de comida. Pero, ¿qué conocemos realmente de ellos? Este libro ofrece un viaje personal a través de la memoria, la literatura, la ciencia y la historia cultural para describir las relaciones entre humanos y animales.
A
partir de un enfoque diverso, que va desde el comportamiento hasta la
inteligencia y la comunicación, pasando por las prodigiosas cualidades
de la nariz de un cerdo y la forma como estos animales se relacionan, el
autor construye su experiencia personal en la crianza de dos pequeños
cerdos y nos ofrece una emocionante reflexión sobre la noción de familia
y la sensisbilidad que esconden estas conmovedoras criaturas, capaces
de remover los cimientos de nuestras relaciones con los animales
domésticos.


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